Doctor Zoilo Fernández

El papel de la psiquiatría privada

In octubre 10, 2018
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El doctor Zoilo Fernández, director técnico de la clínica de salud mental de Sevilla SAMU Wellness, firma este artículo de opinión sobre la dictomía entre la psiquiatría privada y la pública.

 

Hoy trato de plantear el cambio que se ha dado en la calidad y en la valoración terapéutica de la asistencia de las patologías mentales en las instituciones privadas.

La asistencia privada a la salud mental ha dejado de ser un recurso de segundo nivel de calidad o simplemente de confort residencial para convertirse en un espacio avanzado de innovación y nuevos tratamientos, en contraposición a lo que fue el modelo público asistencial hace dos décadas.

¿Qué puede aportar sobre el abordaje psiquiátrico/psicológico una institución privada en el tratamiento en la excelencia de las enfermedades y trastornos mentales?

El modelo público de atención a la salud mental presenta dos elementos estructurales deficientes, no reconocidos ni admitidos, que son demandados en su modificación y corrección por la sociedad. Por un lado, el modelo público abusa de la fragmentación de los dispositivos terapéuticos con la pérdida del “referente” terapeuta o director de facto. La sectorización o la Unidad de Gestión de los recursos en salud mental de un territorio poblacional no llevan implícita la coordinación y la continuidad de cuidados personalizados, referenciados y fluidos que el paciente demanda. El coordinador e integrador del tratamiento del paciente es siempre el máximo valedor de la eficacia terapéutica.

El paciente tiene serias dificultades de vinculación por los numerosos profesionales por los que suele ser atendido, aunque, sobre el papel, se le asigna un profesional responsable a ese tratamiento: un enfermero. Y es éste el que coordinará y se responsabilizará de las diferentes acciones asistenciales y recursos que se van a utilizar.

El paciente y su familia buscan un especialista único y director. Pero éste se difumina en los diferentes recursos, tiempos de espera y sensación compartimentada en abordajes y criterios terapéuticos.

Por otro lado, como segundo elemento, la subsanación de este problema intenta resolverse mediante la información documentada que se comunica en cada dispositivo terapéutico, con el informe escrito que se entrega al usuario, así como con la cita comunicada en tiempos excesivamente dilatados.

El único hilo de continuidad eficaz en el mantenimiento de la salud y de la disminución del sufrimiento es el tratamiento farmacológico prescrito inicialmente. Esto conlleva de hecho una medicalización de la asistencia, aunque el resto de los diferentes recursos terapéuticos se conciban para otros objetivos: psicoterápicos, rehabilitadores, ocupacionales o residenciales. A la larga, son compartimentos estancos, con criterios singulares en cada recurso y por cada equipo que lo integra, y con el único nexo de continuidad y de acción terapéutica finalmente concretado en el control y ajuste de la medicación según la sintomatología más o menos grave que presenta.

En el equipo de salud mental público se trabaja el diagnóstico, la elaboración del problema, conflicto o trastorno y se diseña un plan terapéutico para el individuo. Pero, ¿dónde se siente el paciente acogido, arropado, dirigido, en una vinculación transferencial y terapéutica para la utilización de los instrumentos personales de crecimiento? ¿Cómo se ayuda a la maduración e integración por un profesional de confianza que no sea sólo a través de la prescripción de fármacos?

¿Cómo podemos sólo con fármacos retrotraer al individuo a un proceso de modificación y recuperación no sólo conductual, sino también vivencial, para así hablar de salud personal y social? La persona enferma, además de fármacos, necesita volver a la experiencia de ser, crecer y madurar.

El modelo médico es insuficiente en el abordaje de los problemas en salud mental. Y éste es el que se potencia y se expande como acción prioritaria en el modelo público. No existe una unidad de acción terapéutica efectiva que daría una intervención más personalizada y de acogimiento en un recurso polivalente, unitario y reducido en su dimensión operativa.
La estructuración de la clínica privada como instrumento terapéutico, único e integrador de toda la acción terapéutica sobre el paciente, persigue este objetivo.

El modelo asistencial de comunidad terapéutica (no pervirtiendo su nombre originario e ideológico) es el que subsana estos errores del modelo público y el que en la actualidad demanda la sociedad. Y ésta es la línea asistencial directriz que debe asumir una clínica de hospitalización y de tratamiento multidisciplinar en el abordaje integral de los trastornos y enfermedades en salud mental.
Como conclusión final, opino que la medicalización como único instrumento para el abordaje de los cuadros clínicos psicopatológicos es insuficiente para la forma en la que hoy se concibe el tratamiento de los problemas mentales.

Además, la sanidad pública absorbe puntualmente la locura; la contiene y la amortigua. ¿La excluye, la encierra, la margina? ¡La compartimenta! La hace esperar, la trata médicamente, no la resuelve en lo que hoy se espera de alivio y de curación.
Quizás ahora los papeles se han cambiado y la asistencia privada en salud mental pone el dedo en la llaga de lo que falta por hacer o en lo que hay que hacer en la atención pública a la salud mental. Nuevos métodos, nuevos enfoques, nuevas metodologías e, incluso, nuevas patologías asoman y nos demandan atención.

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