Repartidores de ilusión

La magia y la ilusión llenaron el pasado 5 de enero las instalaciones de la Residencia San Sebastián, en Cantillana (Sevilla). Un grupo de usuarios y trabajadores del centro participaron en la Cabalgata de Reyes Magos de este municipio como pajes del rey Melchor y formando parte de la comitiva de beduinos.

Esto ha sido posible gracias a la iniciativa planteada por Lidia Soledad Daza Díaz, auxiliar de enfermería de la Residencia San Sebastián, que el 5 de enero se metió en la piel del Rey Melchor. “Para mí el 5 de enero es un día muy especial y me hacía mucha ilusión ser Reina Maga. Llevaba varios años comentándole a mis compañeros de SAMU la posibilidad de que la entidad tuviera presencia en una carroza y este año me lancé y me apunté en el Ayuntamiento de Cantillana, con la aprobación previa de la directora de la residencia”, comenta la joven.

En la carroza, Lidia Daza estuvo acompañada por varios compañeros de SAMU y cuatro residentes: Manoli, Gabriel, Enrique y José Manuel Fidalgo, además de numerosos niños. Abajo, en el cortejo y vestidos de beduinos, iban más residentes y compañeros. “Mi objetivo siempre ha sido compartir la ilusión de ser Reina Maga con los chicos de SAMU”, indica.

Además, todos ellos repartieron durante el cortejo diferentes objetos, regalos y manualidades confeccionados por los propios usuarios de la residencia durante los meses previos a la cabalgata, como cuadernos, separadores de libros o pelotas. “Ha sido muy emocionante ver lo involucrados y motivados que estaban todos los usuarios con el proyecto. Algunos preferían no salir de excursión y quedarse en el centro haciendo manualidades”.

“Operación Ukuphuma”: La evacuación límite de un complejo hospitalario

Bajo el nombre en clave Operación Ukuphuma, Escuela SAMU acogió en enero el simulacro número dos de la programación del Máster de Atención Prehospitalaria, Catástrofes y Acción Humanitaria. Las instalaciones de adiestramiento de Gelves (Sevilla) se convirtieron en un insólito escenario de emergencias para recrear la evacuación de un hospital por una gran fuga de gas con riesgo de explosión. Es parte del programa del Máster y tiene los objetivos de afianzar y demostrar los conocimientos adquiridos durante el módulo de Urgencias y Emergencias, así como desarrollar la evaluación continua del alumnado.

“El simulacro se realiza como complemento en el proceso de aprendizaje de estos futuros profesionales, facilitando el desarrollo de habilidades para la resolución de problemas asistenciales, organizativos y logísticos sobre los que el alumno se ha formado previamente”, explica Thomas Couyotopoulo, subdirector de Escuela SAMU.

De esta forma se acerca al alumno a una situación real, controlando la complejidad de las situaciones y potenciando la gestión del conocimiento.

En la literatura especializada suele señalarse que un hospital no es un recinto evacuable y, aunque esto es defendido por la mayoría de los expertos, lo cierto es que puede llegar a necesitarse tomar una medida de estas condiciones, aunque sea como resolución extrema. Precisamente por la dificultad que comporta la evacuación de un hospital es por lo que se hace más necesario tener preestablecido un posible plan y ejecutar el oportuno entrenamiento para llevar a cabo la misma con las máximas garantías de éxito.

Un ejemplo de esta situación límite fue la evacuación del Hospital Universitario Virgen Macarena el 19 de noviembre de 1978 debido a un incendio generado por un cortocircuito.

El simulacro se celebró el 29 de enero, con una duración de 5 horas, con el objetivo principal de aprender a gestionar una evacuación hospitalaria ante una situación de emergencia en un escenario simulado.

Otros objetivos del ejercicio fueron desplegar puestos provisionales y definitivos de triaje; potenciar la capacidad de reacción en situaciones especiales; simular la evacuación de un hospital; perfeccionar el correcto transporte y transferencia de pacientes críticos; resolver los problemas asistenciales que se presenten; y actuar en consecuencia al puesto jerárquico ocupado.

Este tipo de ejercicios forman parte de la filosofía de trabajo de Escuela SAMU que, bajo el lema “aprende haciéndolo”, trata de adiestrar a futuros profesionales de emergencias especialistas en salvar vidas y con una amplia trayectoria de campo.

La voz de la experiencia

Cuando tenía ocho años, Moha se subió al eje de un camión de pescado cerca del puerto de Tánger. Luego se agazapó durante horas en un barco y amaneció en Algeciras, cuando dos perros empezaron a ladrar. Había llegado a España. “Para mí era un sueño”, cuenta hoy, con inconfundible acento de la Bahía. Con 20 años, estudia y trabaja, y se siente gaditano. Nos atiende por teléfono a la carrera, entre clases de francés y del carné de conducir.

El de Mohammed El Harrak es un ejemplo de superación. Su padre fue encarcelado siendo él un crío, y Moha se fue pronto a vivir con su abuela. Cuando ella murió, se encontró en la calle. “Comía de las sobras, a base de pedir y vender kleenex en los semáforos. Estaba más tiempo en comisaría que en la calle. Empecé a esnifar una especie de pegamento”, relata. Durante meses, intentó colarse en alguno de esos camiones. “No quería acabar como acaban todos, delinquiendo y en la cárcel”. Si consiguió huir de un futuro de drogas y marginalidad fue, precisamente, porque era muy pequeño. “No me pillaron porque podía esconderme. Tuvimos suerte”, admite.

Moha aprendió español rápidamente y se sacó el título de Educación Secundaria de forma brillante. Después obtuvo el Grado de Atención a Personas en Situación de Dependencia y ahora está a punto de terminar el de Animador sociocultural y Turístico. “Desde que eché cabeza siempre me ha ido muy bien. No he suspendido ningún examen en todo el grado superior”, cuenta con orgullo. Le gustaría estudiar una carrera: Educación Social.

Mohammed puede explicar su experiencia a chicos que, como él, llegan a España en busca del sueño europeo. Durante los fines de semana trabaja en el centro de menores que dirige  Fundación SAMU en el término municipal de Tarifa. “Averiguo sus problemas y cómo solucionarlos”, resume. “He pasado por la misma situación por la que han pasado ellos, e incluso peor. Les digo que todo es posible, que se puede conseguir cambiar tu futuro con esfuerzo y constancia”.

En 2007 la Fundación SAMU empezó a incorporar a un chico extutelado en cada equipo de sus centros de acogida. “Ellos traducen lo que el menor siente y trasladan su experiencia de vida. Transmiten a los chavales seguridad, perspectivas de futuro, confianza, tranquilidad y también la idea de que nosotros estamos aquí para ayudarles en todo lo que necesiten”, explica Nicolás Torres, Director del Área de Menores de la Fundación.

Mounir: 24 horas en el mar

Jamal Elkihal y Mounir Kachkache también trabajan en Fundación SAMU después de pasar por alguno de sus centros de acogida, donde recibieron formación. Ahora cuentan su experiencia a niños recién llegados a España. “A veces llegan nerviosos, no saben qué hacer. Les doy una charlita y se relajan. Cuando les cuento cosas mías, mi historia, comprenden que lo que les pasa es lo mismo que me pasó a mí y a otros muchos chicos como yo, y entonces te escuchan. Saben que tengo razón”, explica Jamal, que además trabaja como repartidor y mecánico. Él también llegó a España después de una decena de intentos frustrados entre las ruedas de un camión. Hoy vive en Algeciras y tiene un niño de tres meses. “Yo ya me quedo aquí”, dice tajante.

En cambio, Mounir llegó en patera. Desembarcó en Torremolinos con apenas 16 años, después de pasar dos meses en un monte de Alhucemas, y 24 horas interminables en mitad del mar. Mounir recuerda exactamente cuántos viajaban en aquella barcaza: 37 personas, incluyendo una mujer y ocho menores, que al llegar a Torremolinos fueron trasladados a centros de acogida. Ahí empezó a cambiar la suerte de Mounir, que conoció a Nicolás Torre, un segundo padre para él.

Hoy, Mounir es un verdadero coleccionista de títulos. “Estudié electricidad de edificios, soldadura, monitor de deporte, resolución de conflictos, traductor, auxiliar de enfermería, que no llegué a terminar; auxiliar de geriatría lo tengo, monitor de centro de menores, auxiliar técnico educativo, rescate en alta montaña…”, enumera el joven Mounir Kachkache, casi sin respirar.

Después de convertirse en monitor de centro de menores, empezó a trabajar con Fundación SAMU. Como Jamal y Moha, es una ayuda valiosísima para la educación de los chicos acogidos en los centros de Fundación SAMU. “Cuanto más trabajo, más me alegro. Vamos por toda España para preparar a los centros, para formarlos y  para prestarles toda la ayuda y apoyo mental”.

El reto a los 18 años

Los menores no acompañados que pasan por el sistema de acogida y tutela se encuentran con un problema cuando cumplen la mayoría de edad: disponen de unos meses para acreditar que tienen una oferta de trabajo de al menos un año de duración. De lo contrario, España ordena su expulsión. En un contexto de precariedad laboral, pocos empresarios ofrecen trabajo a un joven extranjero sin experiencia, por lo que su futuro se complica de forma radical al alcanzar la mayoría de edad.

“La situación de estos chicos normalmente es muy complicada”, lamenta Nicolás Torres, que pide una modificación del marco jurídico para abrir el abanico de opciones. Por ejemplo, ampliar el plazo a los 21 años, considerar el hecho de que los jóvenes estén estudiando o valorar la búsqueda activa de empleo. “Hemos tenido niños durante seis años a los que deportan porque no han podido renovar un permiso de residencia. Es un desgaste emocional, de personal y económico”.

Moha cree que si no hubiese logrado encaramarse al eje de aquel camión de pescado hubiese acabado enredado en la maraña de las drogas, y tiene claro que la vida son objetivos. Ésa es la filosofía que traslada ahora a los chavales, que afrontarán un reto cuando cumplan 18. “Siempre les digo: tened algo en la mente y luchad por ello. Os vais a encontrar mil obstáculos, y aquí estoy yo para ayudaros, porque también los tuve en su día”.

“Felicidades Mohammed. Me siento orgullosa de ti”

Por Palma Díaz. Trabajadora Social del ARB El Bosque.

NO sé si será culpa del paso del tiempo el hecho de que las ganas y el ímpetu con el que uno empieza un nuevo trabajo se pierdan. Todo se convierte en rutina e incluso se hace callo. Lo que en un principio te conmovía o entristecía, al cabo de los años lo ves algo tan natural que ni siquiera te paras a pensar en ello.

Hoy me reencuentro con un chico que estuvo con nosotros en el Centro de Protección de Menores El Bosque en 2009. Un chico que, nada más llegar a España con 11 años, se arrepintió de haber venido. Sin embargo, al mismo tiempo, comenzó a descubrir otra realidad y a convivir con chicos de su país.

En aquella época, no paraba quieto. Protagonizó algunas fugas y adquirió malos hábitos. Tanto fue así que a veces, en fines de semana, me lo tenía que llevar a mi casa para que el resto de los chicos y compañeros educadores del centro pudieran salir a la playa o a hacer algún tipo de ruta.

Viendo el peligro constante al que se exponía, y velando por el bien de este menor, solicitamos su traslado a otro tipo de centro con una atención más individualizada. Su adaptación a este cambio fue dura. Le costó mucho, tanto a él como a los educadores y monjas del centro donde residía, pero tengo que decir que, hoy mas que nunca, me alegro de aquella decisión que el equipo de El Bosque tomó. Hoy me encuentro con todo un hombre, que valora el estudiar y que ve la necesidad de la formación para tener un buen medio de vida.

Mohammed fue un chico que me llegó al corazón, no sé si por su corta edad o por mi juventud y motivación. Tanto fue así, que acabé haciéndome familia colaboradora, lo que me permitía ir a visitarlo a Cádiz una o dos veces al mes y pasar periodos vacaciones con él.

Su recorrido ha sido bastante impetuoso pero tiene objetivos claros. Siempre ha sabido que las cosas se consiguen con esfuerzo. Incluso me sacaba una sonrisa cuando me decía textualmente que él alguna día sería como Nico [Nicolás Torres, Director del Área de Menores de SAMU]. Esa ambición que ha demostrado desde entonces me  agrada, porque se cumple el objetivo que nos planteamos con estos chicos a su llegada a nuestros centros.

Hoy, que me reencuentro con él, le pregunto qué tal le va la vida. Me cuenta que, a su mayoría de edad, salió del Centro San José, donde se sintió muy cuidado por las monjas. Me comenta que aún conserva a los amigos que hizo en el colegio cuando comenzó su etapa en Cádiz; y que tuvo mucha suerte porque tuvo una familia colaboradora que, una vez que él salió del centro, le ofreció su casa para que terminara de estudiar el Grado Medio de Atención a Personas con Dependencia. Así lo hizo.

Probó  suerte en el ámbito laboral en Barcelona, hecho que le convenció de que una buena base de estudios le permitiría optar a un mejor empleo y a tener una mejor calidad de vida. Así, regresó a Cádiz. Cursó el primer año del Grado Superior de Animación Sociocultural, viviendo de alquiler en una habitación con ayudas que le ofrecían el Padre Óscar y otras entidades. Ahora está cursando segundo de ese ciclo, y se ha  incorporado a la plantilla del Centro de Menores El Bosque.

Cuando le pregunto por la familia, me cuenta que una vez que cumplió 18 años no quería volver  a Marruecos. Él no sabe decirme por qué, pero por su forma de expresarse pienso que sentía miedo. Una de sus últimas educadoras se ofreció a acompañarle. Una vez llegados a Tánger, tardaron más de hora y media en salir del puerto. Creo que la incertidumbre de lo que pudiera encontrarse le superaba. Cuenta que no pudo parar de llorar en todo el trayecto del barco y que, una vez que se atrevió a salir del puerto, estaban dos de sus hermanos mayores esperándole. No sabía cómo reaccionar. Sus hermanos lloraron y él también. Todos se dirigieron a su barrio, Berchifa. Nada más entrar vieron a dos chicos correr y él ya supo de inmediato que eran dos de sus hermanos menores, “clavados” a él. El momento del reencuentro con su madre fue muy emotivo. No paró de llorar y abrazarlo. Hoy ha recuperado a esa familia que un día dejó atrás.

En una visita que realicé a Marruecos en 2010, su madre me contó que no entendía por qué su hijo se había ido. Ella se sentía triste y apenada, aunque saber que su hijo se encontraba cuidado y atendido le reconfortaba.

En la actualidad, nuestro amigo mantiene contacto con su familia. Va de visita con frecuencia, pero sí es verdad que cuando le preguntas, él dice que se siente de aquí, gaditano, que sus costumbres son nuestras costumbres. Es un chico totalmente desarraigado, algo natural ya que lleva en España casi el mismo tiempo que vivió en Marruecos antes de su migración.

Dice sentirse orgulloso en trabajar en SAMU y que, a pesar de que se le ofreció trabajar en otros centros, prefirió El Bosque  porque ésta fue su casa un día no tan lejano.

Felicidades Mohammed. Me siento orgullosa de ti.

“Para trabajar en SAMU tienes que estar hecho de una pasta especial”

Rubén Gordillo (Sevilla, 1979) forma parte de la plantilla de la Unidad de Estancia Diurna San Lucas desde su apertura en 2008. Su formación en Educación Musical le ha permitido poner en marcha  distintos talleres de musicoterapia. Ahora se centra en el modelo Benenzon, abriendo nuevos canales de comunicación con los usuarios.

 

—La UED San Lucas cumplió 10 años en 2018, los mismo que lleva usted trabajando en este centro. ¿Cómo ha sido su evolución?

—Destacaría la profesionalización del centro. Los comienzos fueron duros. Hace diez años apenas existía formación sobre cómo atender a las personas con discapacidad intelectual y trastornos de conducta o psicodeficientes, como se denominaban por aquel entonces, y poco a poco logramos especializarnos en la atención a este colectivo. La experiencia te aporta tranquilidad y seguridad.

—¿Cómo es su día a día?

—Yo soy educador, pero aquí todos hacemos un poco de todo. Desde recoger a los usuarios de sus domicilios cada mañana hasta preparar e impartir los diferentes talleres. También echamos una mano en el comedor, realizamos informes, evaluaciones y, si hace falta limpiar, también lo hacemos. No obstante, tendemos a buscar la especialización en cada uno de los puestos. Eso es algo en lo que el Comité de Innovación, al que también pertenezco, está trabajando.

 —Para trabajar con este perfil de usuarios, ¿uno nace o se hace?

—En mi caso creo que me he hecho, pero para trabajar con este colectivo tienes que estar hecho de una pasta especial porque en SAMU no trabajamos con tornillos o tuercas, sino con personas. Si no te gusta, es muy complicado trabajar aquí.

—¿Cómo surge el taller de musicoterapia?

—Yo soy muy aficionado a la música y maestro de Educación Musical. El primer taller surgió hace siete años. Hice diferentes cursos al respecto y fui aplicando lo que aprendía en el centro. Luego me hice Técnico en el Modelo Benenzon de Musicoterapia y Lenguaje no verbal, uno de los cinco modelos de musicoterapia reconocidos a nivel internacional.

—¿Cómo eran esos primeros talleres?

—Empezamos hace siete años con los usuarios más dependientes. Eran talleres muy directivos, es decir, dábamos a los participantes unas pautas que debían seguir. Hacíamos técnicas de respiración y de relajación, aprendíamos canciones con fines terapéuticos, nos expresábamos a través de los instrumentos. Trabajábamos el ritmo, la relajación, la melodía, la respiración. Había unos objetivos marcados, algo que no ocurre en el modelo Benenzon, el cual empezamos a aplicar hace tres años tras formarme en este campo.

—¿En qué consiste este modelo?

—Es totalmente distinto a lo que veníamos desarrollando. Es un modelo no directivo, abierto y vivo. Se trabaja con el vínculo entre musicoterapeuta y paciente, el vínculo terapéutico, con nuestra identidad sonoro-musical (ISO). Está más relacionado con la rama de la psicología y precisa de supervisión externa. Primero hacemos una ficha de cada usuario a través de entrevistas a sus familiares donde registramos datos como si en su casa hay instrumentos, o las canciones de su infancia. Luego, en sesiones individuales, el terapeuta y el usuario entran en una sala con instrumentos y permanecen en silencio. La labor del musicoterapeuta es acompañar y sostener al usuario. Cuando una persona lleva 20 minutos en silencio, empiezan a surgir cosas. El silencio remueve el inconsciente, los sentimientos y épocas pasadas. El terapeuta debe registrar cada reacción del usuario, prestando especial atención al lenguaje no verbal, posibles asociaciones, transferencia y contratransferencia, instrumentos usados y de qué modo.

—¿Cómo beneficia a los usuarios?

—Cuando a este tipo de personas no se les dice qué tienen que hacer y se les da libertad, ya es beneficioso para ellos. Hemos visto un cambio de actitud en muchos. Por ejemplo, hay un usuario que aparentemente no tiene percepción de la realidad y que permanece sentado y aislado. La familia nos comentó que había notado un mayor contacto visual y que ahora le ofrecías algo y lo cogía. No sabemos a ciencia cierta si esto es una consecuencia de la musicoterapia, pero sí podemos afirmar que estamos abriendo canales de comunicación y contribuyendo a la mejora de la salud y calidad vida de esa persona.

—¿Y a usted que le aporta?

—Mucha motivación, autoconocimiento y crecimiento personal.

—¿Cuál es el futuro de este proyecto?

—Me encantaría poder mantenerlo. Me consta que la directora del centro lo apoya, pero somos los que somos y a veces faltan manos. También me gustaría seguir formándome en este campo, para lo que hace falta dinero, tiempo y posibilidad de viajar, ya que en nuestra provincia apenas hay posibilidades de formación en este campo.

Olimpiadas TES 2019: El ejército todoterreno

Las instalaciones de Escuela SAMU en Gelves (Sevilla) acogieron el 18 de enero las VI Olimpiadas Sanitarias Técnico de Emergencias Sanitarias (TES) de SAMU, un evento que tiene como objetivo impulsar el trabajo en equipo de futuros profesionales en situaciones hiperrealistas y en competencia.

La actividad consistió en cinco pruebas eliminatorias en las que los alumnos y profesionales invitados, divididos en cinco grupos de tres personas, pusieron a prueba todas sus habilidades y conocimientos para afrontar ejercicios multidisciplinares en condiciones todoterreno.

Con la supervisión del equipo de instructores de SAMU, y en función de una evaluación basada en rúbricas, se otorgó una calificación por cada prueba que sumaría un total sobre 100. Después se dispuso esa puntuación en orden de mayor a menor y se seleccionó los tres mejores equipos para pasar a la prueba final. Los participantes del último grupo fueron rifados para pasar a ser los cuartos miembros de los equipos finalistas.

La tanda final consistió en un circuito de pruebas físicas muy exigentes que requirieron una demostración de fortaleza, concentración y conocimientos por parte de los participantes. El primer equipo en llegar a meta, formado por Rubén Muñoz, Jose Antonio Jimenez, Alejandro Oñate y Adrián Dominguez, se convirtió en campeón local y podrá participar en la próxima edición del Gran Prix de las Emergencias en representación de SAMU.

Este evento, que congrega cada año a profesiones sanitarios, bomberos y otros especialistas del sector de las emergencias de toda España, está organizado por la Unidad Rescate Extrahospitalaria Multidisciplinar de Emergencias (UREM) y se centra en el desarrollo de actividades de rescate y evacuación de víctimas. Un equipo de SAMU se alzó con el primer puesto el año pasado.

El objetivo principal de esta las olimpiadas sanitarias de SAMU es impulsar el trabajo en equipo. Además, se persigue fomentar la coordinación y comunicación del equipo; analizar la capacidad de adaptación a distintos compañeros y situaciones; poner a prueba la respuesta mental de cada participante; adaptar los conocimientos teóricos adquiridos en situaciones reales; y valorar la iniciativa personal.

Comunicado de Fundación SAMU sobre el caso del presidente del comité de empresa de la Residencia San Sebastián

Fundación SAMU ha abierto un expediente al trabajador Aurelio Ventura, enfermero en la Residencia San Sebastián (Cantillana, Sevilla) y presidente del comité de empresa de este centro, tras una investigación abierta a raíz de quejas surgidas dentro del propio comité y tras conocer el posible uso fraudulento de las horas sindicales por parte de este empleado.

Aunque este tipo de expedientes disciplinarios nunca trascienden del ámbito interno de la organización, Fundación SAMU ha considerado la necesidad de dar a conocer estos hechos tras la campaña de descrédito impulsada por el sindicato Comisiones Obreras.

Aunque el sindicato ha señalado que Aurelio Ventura ha sido despedido, Fundación SAMU quiere aclarar que este trabajador no ha sido despedido sino expedientado, y que será el patronato de la Fundación el organismo que determinará su futuro en la entidad.

Existen evidencias de que Ventura utilizaba sus horas sindicales, reservadas por ley para realizar tareas y funciones propias de su cargo, para trabajar y sumar puntos en la bolsa de trabajo del SAS, entre otros fines personales. En el procedimiento abierto a este trabajador, se ha solicitado a Ventura que acredite sus turnos en el SAS para desmentir estos hechos, pero ha declinado hacerlo.

Fundación SAMU también quiere aclarar que la apertura de este expediente se produce como consecuencia de las quejas trasladadas a la dirección por parte de una de las personas integrantes de este comité. La persona denunciante de las prácticas de Ventura afirma además estar siendo objeto de mobbing laboral por parte del presidente del comité de empresa, extremo que también está siendo investigado por la dirección.

La campaña iniciada por Comisiones Obreras pretende trasladar la falsa idea de que existe una situación de conflictividad laboral en la organización. La Fundación y el comité de empresa de Residencia San Sebastián han mantenido frecuentes negociaciones en los últimos años que en la mayoría de las ocasiones se han resuelto con acuerdos. Cuando no ha existido acuerdo y estas diferencias de criterio han acabado en los juzgados, las resoluciones han sido favorables a la Fundación.

Fundación SAMU lamenta que los intereses particulares de un trabajador expedientado por motivos disciplinarios hayan derivado en una campaña para intentar poner en entredicho la reputación de una organización de enorme compromiso y responsabilidad social en la que trabajan más de mil personas.

Valores que se demuestran con hechos

Editorial Fin de Año

Como cada año, tengo el placer de dirigirme a vosotros en estas fechas tan entrañables.
Afortunadamente, este 2018 que acaba ha sido para SAMU uno de los más productivos desde nuestra fundación, a principios de los 80. Si hace casi cuarenta años fuimos la primera empresa de España en operar una UVI-Móvil, hoy somos la mayor entidad de acogida de inmigrantes de nuestro país. Volvemos a ser los primeros, lo que significa objetivamente que trabajamos en una organización que es número uno. SAMU está formada por las 1.115 personas que trabajamos en ella, con la ilusión de dar lo mejor de nosotros cada día.

La principal novedad, entrando en 2019, es nuestro gran crecimiento en el Área de Menores, que acoge a más de 1.000 niños en 20 recursos repartidos en tres comunidades autónomas. Nuestros compañeros han hecho un esfuerzo encomiable y son un ejemplo de abnegación y entrega. Ha habido periodos en los que hemos tenido que abrir más de un recurso… ¡por semana!

Quiero destacar también la brillantísima labor de nuestros profesionales en la apertura y consolidación de la Clínica SAMU Wellness, un centro que en poco más de un año se ha convertido en referencia nacional en bienestar emocional y salud mental. Un proyecto que es técnicamente muy complejo, y cuyo lanzamiento ha requerido un notable esfuerzo a todos los niveles.

Este 2018 ha sido también el año del impulso a la innovación y la transformación digital en SAMU. Se ha creado una dirección y departamento de Innovación, y también se ha redactado y aprobado un completo plan de Innovación en cuyo desarrollo ya estamos trabajando, que incluye proyectos de investigación con tres universidades. Desde enero, todos los centros existentes han pasado a utilizar sistemas informáticos de gestión integral y está previsto incorporar los de nueva creación en los próximos meses.

Debemos estar orgullosos de trabajar en SAMU como una entidad comprometida con los valores: compañerismo, igualdad, sostenibilidad, legalidad, transparencia, participación y caridad. SAMU invierte en ellos cada día con hechos: publicación de un código ético, creación de la dirección de sostenibilidad, acreditación de calidad, acreditación de calidad medioambiental, política de anticipos, donaciones a Cáritas y ONGs. SAMU devuelve a la sociedad mucho de lo que recibe de ella.

SAMU y su Fundación realizan actividades con la máxima calidad de servicio, que merecen nuestro máximo reconocimiento. Un grupo de más de mil hombres y mujeres buenos que día, noche y madrugada trabajan en ambulancias; cuidan niños indefensos llegados en patera; ponen en marcha una lavandería; cuidan con mimo a niños con necesidades especiales en cientos de colegios; ayudan a enfermos mentales a superar sus miedos; luchan por la inclusión total de personas con discapacidad intelectual; organizan competiciones deportivas inclusivas; gestionan y tramitan miles de documentos al año; se encargan del pago de nóminas, formación o seguridad en el trabajo. Compañeros que quieren transformar SAMU para que seamos más modernos y participativos; para dar la mejor formación a los alumnos que nos confían su formación; para implantar en Marruecos o Estados Unidos nuestro modelo de excelencia. Somos una familia que crece en todos los sentidos.

Sin pecar de triunfalismo (vivimos tiempos de incertidumbre política y económica), debemos alegrarnos de la entidad que tenemos, disfrutarla por todas las cosas buenas que hace y estar orgullosos de ella como fuente de sustento. Todas las áreas de nuestra organización, que conozco bien, desarrollan su trabajo con máxima vocación e ilusión, lo que nos confiere gran prestigio.

Os doy la enhorabuena porque entre todos hacéis que SAMU siga siendo ‘una gran fuerza del bien’. Y os deseo un feliz año nuevo.

Con toda mi admiración y cariño.

Carlos González de Escalada 
Director general de SAMU

Kone Yossodjo atleta SAMU

Kone: Hacia el futuro a toda velocidad

Paco Vallés mira el cronómetro. Es la última vuelta. Hoy, el entrenamiento ha empezado antes. Una periodista va a entrevistar a su pupilo, pero ni siquiera esta visita especial hace que su chico baje el ritmo y su marca. Kone corre solo, sin el apoyo de otros compañeros porque “nadie es capaz de seguir su ritmo”, explica Vallés. “Levo más de 35 años entrenando a jóvenes atletas y nunca había tenido a nadie tan rápido como él”.

Son las ocho de la tarde y la noche y el frío ya han caído sobre la pista de las Instalaciones Deportivas La Cartuja, en Sevilla. Kone, atleta de fondo, recorre sus últimos metros hasta llegar a su entrenador y se apresura a estirar. Una larga sonrisa marca su cara. Es todo alegría y satisfacción, nadie diría que lleva dos horas corriendo. “Kone no está serio ni cuando corre”, comenta su entrenador, que conoció al atleta en julio de 2016 a través de una ONG que ayuda a jóvenes promesas del deporte sin recursos.

Kone Yossodjo tenía 14 años cuando se marchó de Costa de Marfil, su país natal. La guerra, la posterior muerte de su padre y los problemas económicos de su familia le obligaron a marcharse de casa, dejando atrás a su madre y a cuatro hermanos. Primero emigró a Marruecos y luego a España. El joven asegura que “siempre” le había gustado correr, pero de forma amateur, según explica él mismo, y en Casablanca, donde acabó viviendo, continuó entrenando a la vez que trabajaba en un restaurante de comida rápida, “o en lo que saliera”.

La vida en Marruecos tampoco fue fácil. “Sin permiso de residencia no podía competir en ninguna carrera. Además, había mucho racismo y allí tampoco tenía futuro, por lo que decidí arriesgar mi vida, subirme a una patera junto con otros 12 chicos, cruzar el Estrecho y llegar a España”. Era mayo de 2016 y tenía 16 años. Los otros jóvenes que llegaron con él a Tarifa (Cádiz) en aquella patera decidieron continuar su viaje hacia Francia, pero él optó por quedarse en España, al igual que Abel Agbo, joven futbolista que ha sido recientemente fichado por la cantera del Cádiz CF. Kone y Abel se conocieron en el punto de encuentro establecido antes de subirse a la patera y luego, una vez en España, coincidieron en el centro de acogida de menores extranjeros Miguel de Mañara de la Fundación SAMU, en Dos Hermanas (Sevilla).

“Desde SAMU siempre me han apoyado y me han ayudado para que continuase con mis entrenamientos”, reconoce Kone, que el pasado 19 de diciembre cumplió la mayoría de edad. “Cumplir los 18 años siempre me había asustado. Sabía que eso significaba abandonar el centro de acogida y no tener la protección de SAMU. Una opción era entrar en un piso para mayores de 18 años, pero allí si cometes cualquier fallo, por pequeño que sea, te echan. Además, yo quiero seguir entrenando y necesito una disciplina en la alimentación y el descanso”, continua hablando el joven, que reconoce haber tenido mucha suerte al encontrar una familia americana residente en Sevilla que le ha ofrecido vivir en su casa una vez cumplida la mayoría de edad para que pueda centrarse en su carrera deportiva.

Kone reconoce que entrena seis días a la semana, sólo descansa los viernes. Lo hace en la pista de atletismo de las Instalaciones Deportivas La Cartuja o por libre en algún parque urbano de Sevilla, un importante esfuerzo que durante varios meses ha compaginado con unas prácticas laborales en la Residencia Santa Ana de la Fundación SAMU, en le barrio de Triana, especializada en la atención de personas con discapacidad intelectual y daño cerebral sobrevenido.

El reto que se han fijado ahora Kone y su entrenador Paco Vallés es conseguir una marca que le dé el pasaporte para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. “Estamos en año preolímpico y vamos a poner toda la carne en el asador para conseguir una buena marca. Y para ello vamos a ir a todos los campeonatos que podamos. Ésta es la única manera de lograr una buena marca”, señala Vallés. “Tenemos mucha ilusión tanto él como yo. Kone lo lleva en la sangre”.

Ambos hombres tienen en mente participar entre enero y febrero en el Campeonato de Andalucía de Pista Cubierta (3.000 metros) que se celebrará en Antequera, y en el campeonato de España de esta misma distancia, que se celebrará en Madrid, además de otros circuitos de campo a través y, en verano, en los campeonatos de Andalucía y de España al aire libre de 8.000 y 10.000 metros.

Según explica su entrenador, de momento, la mejor marca de Kone en una prueba de 3.000 metros es de 8’ 58’’. Entre sus triunfos destaca el tercer puesto en la última Carrera Nocturna del Guadalquivir, celebrada en septiembre en Sevilla. Además, fue subcampeón de España en la categoría juvenil en 2017 y, durante tres años consecutivos, ha ganado el Circuito K10 del Instituto Municipal de Deportes de Sevilla, dos veces en la categoría de juveniles y una en la de junior.

“Kone es un chico muy sanote y muy buena persona. Es disciplinado y sigue muy bien las instrucciones”, asegura su entrenador. “El sacrificio y el sufrimiento son sus puntos fuertes, de hecho su lema es ‘Se sufre en el entrenamiento para disfrutar en la competición’. Es cierto que para llegar más lejos hay que regularizar su situación en España y esperamos que gracias al deporte todo sea más fácil”, continúa.

Además de a Kone Yossodjo, Paco Vallés también entrena a otro chico de Marruecos de 18 años que llegó a España en una situación similar a la de Kone y que vive en un centro de los Salesianos, el velocista Bachir Hassami. “Estoy muy orgulloso de los dos. Tanto Kone como Bachir son grandes promesas del atletismo. Estoy seguro de que los dos van a conseguir grandes triunfos en el mundo del deporte”.

Lidia Daza Residencia San Sebastián

“Compartiré la ilusión de ser ‘Reina Maga’ con los chicos de SAMU”

Lidia  Soledad Daza Díaz (Cantillana, Sevilla, 1985), auxiliar de enfermería en Residencia San Sebastián, en Cantillana, se meterá el próximo 5 de enero en la piel del Rey Melchor en la Cabalgata de Reyes Magos de su pueblo natal,  acompañada por varios residentes y trabajadores de la Residencia San Sebastián, de la Fundación SAMU, en la que trabaja desde hace nueve años.

 

—El 5 de enero participará en la Cabalgata de Reyes Magos de Cantillana (Sevilla) como Rey Melchor junto a residentes del centro San Sebastián de SAMU. ¿Cómo surgió la idea?
—Para mí el 5 de enero es un día muy especial y me hacía mucha ilusión ser Reina Maga. Llevaba varios años comentándole a mis compañeros de SAMU la posibilidad de que la entidad tuviera presencia en una carroza y este año me lancé y me apunté en el Ayuntamiento de Cantillana, con la aprobación previa de la directora de la residencia.

—¿Quiénes le acompañarán ese día?
—Arriba, en la carroza, me acompañarán varios compañeros de SAMU y cuatro residentes: Manoli, Gabriel, Enrique y José Manuel Fidalgo, además de numerosos niños. Abajo, en el cortejo y vestidos de beduinos irán más residentes y compañeros. Mi objetivo siempre ha sido compartir la ilusión de ser Reina Maga con los chicos de SAMU y creo que lo estoy consiguiendo porque su apoyo y participación es máxima.

—¿Cómo están participando los residentes en esta iniciativa?
—Los chicos llevan casi tres meses ayudándome, a través de talleres, en la elaboración de manualidades que luego regalaremos durante la cabalgata. Han hecho cuadernos de goma eva, separadores de libros, me han ayudado a inflar pelotas, a envolver regalos… Es muy emocionante ver lo involucrados y motivados que están. Algunos prefieren no salir de excursión y quedarse en el centro haciendo manualidades y otros no pueden dormir la siesta porque están inquietos por el comienzo de los talleres. Sé que el día 5 voy a disfrutar muchísimo, pero ya estoy disfrutando viéndoles las caras de felicidad y de ilusión, eso no me lo quita nadie. Quiero agradecer a todos mis compañeros y a los residentes cómo se están volcando conmigo para que todo salga bien. Los chicos están haciendo una labor impresionante. Lo estamos viviendo todo muy intensamente.

—¿Cómo beneficia este tipo de actividades a los residentes de San Sebastián?
—La mayoría de estos chicos padecen trastorno de conducta, síndrome de Down, autismo o alguna discapacidad intelectual, pero son jóvenes y necesitan una motivación, algo que les de vidilla, y con esta actividad creo que lo hemos conseguido. Tienen una discapacidad, sí, pero ante todo son personas y tienen ilusiones. Pero esta iniciativa no sólo les está beneficiando a ellos, también a mí. Es muy gratificante ver sus caras de felicidad.

—¿Cree que ha conseguido su objetivo?
—Creo que sí, pero aún falta el día 5. Para mí es muy importante que sea una jornada de convivencia entre compañeros, residentes y familiares. Es esencial que participen los familiares de los residentes y que estos vean la Cabalgata de Reyes pero junto a ellos. Hay familias que disfrutan de este día con otros hijos porque piensan que su hijo está bien acompañado. Y es cierto, su hijo está bien atendido, pero él también necesita vivir este día con su familia.

—¿Desde cuándo trabaja en la Residencia San Sebastián?
—Desde hace casi nueve años, entré a los pocos meses de que abriera el centro. Cuando me enteré de su apertura me presenté allí y entregué mi currículum. Me dijeron que la plantilla estaba cubierta pero yo insistí y me ofrecí como voluntaria. Había trabajado antes en una residencia de personas mayores y me interesaba mucho este colectivo, quería aprender. Creo que a la persona que me atendió le gustó mi actitud. Al día siguiente tuve una entrevista con la directora de entonces y empecé como voluntaria. Estuve dos semanas y después me hicieron un contrato.

—¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo?
—Por un lado, el equipo, mis compañeros y su cercanía. Y, por otro, los residentes. Hay chicos que llevan en el centro prácticamente desde que yo entré y para mí son un pilar fundamental en mi vida. Hay días que estás baja de ánimos y ellos te ofrecen su apoyo y cariño. Muchos son muy colaboradores, siempre te ofrecen su ayuda de forma altruista y eso para mí es muy gratificante.